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Por Santy Martínez

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Un virus ¿quién lo creyera? pero sí, un virus se encontró un resquicio y paró las manecillas del reloj del mundo. Ahora tenemos miedo, a pesar de que mucha gente piensa que como el agua sabe igual, nada parece haber cambiado. Todo está en cuarentena y a las cosas pareciera que se les guardara luto.

Así como he enredado mis osadías en sábanas blancas, así quisiera hacerlo con el latido de la sangre de las personas que desafían y juegan con candela. Muchos se creen águilas devorando la altura de las noches. Pareciera que no hubiesen visto las palomas tristes anhelando alto vuelo.

Se suspendieron las clases, cerraron los parques, los escenarios deportivos y por negocio no han cerrado los aeropuertos. No hay quien controle precios, pareciera que todo ha enmudecido. Los estadios en el mundo se convirtieron en esqueletos de vida. El mundo se detuvo y aun así la gente parece tenerle miedo a la vida.

Muchos sitios del mundo, por no actuar a tiempo, ahorra transmiten el temor. Deberían parar en la administración municipal, en la departamental. No es que quiera que la economía de mi región se vaya al demonio, quiero que se cuide la vida.

El Coronavirus nos ha hecho entender que nada está por encima de la salud. Todo esto debe tener un origen metafísico, espiritual. En el decurso del tiempo nos enseñaron a movernos en la dualidad: día y noche, tristeza y alegría, debemos salirnos de ahí y entender que lo más importante es la conciencia y que esta va ligada al corazón y es el corazón del hombre el que tiene que entender el fondo, el ancho, la altura, el tiempo. A mediados del siglo XX, Estados Unidos le metió una bomba a Japón, descubrió la energía nuclear y el hombre entendió que nos podíamos extinguir y se crearon protocolos, porque necesidad obliga.

El Coronavirus tiene una dimensión planetaria, obviamente que las redes ayudan mucho para ello y entendemos que las muertes de China, Italia, España… nos pegan duro y sacamos a flote nuestra compasión y sacamos a flote nuestra estima porque nos puede llegar a tocar a nosotros. Nuestra propia condición se atemoriza porque la raza humana puede desaparecer, tanto ayer como hoy debemos estar juntos todos sin diferencia. Los humanos pensando como raza y como raza tenemos que defendernos. La gran enseñanza es que el panorama del planeta tiene que cambiar: relaciones de países para ser más cercanos; relaciones entre personas para dejar de mirarnos como rivales, porque el enemigo es un simple virus. Una bomba hoy no nos sirve de nada frente al COVID-19. Tenemos que juntarnos para evolucionar. La evolución va de la mano en congeniar con el planeta. El hombre de hoy pretende ser un socio del planeta y debería serle obediente. Cuando le sugerimos algo, él nos responde y cuando actuamos contra él, se defiende.

Muchas son las señales, el Coronavirus es una más que le indica al hombre que debe juntarse con la naturaleza, porque él hace parte de ella. El desarrollo tecnológico ha desconectado al hombre de la naturaleza y entonces ella lo reta, le creó una pandemia. Afortunadamente aún quedan muchos indígenas que la entienden, ojalá volteemos nuestros ojos a la medicina tradicional y a la sabiduría ancestral que al final se impondrá sobre los químicos. Eso lo sabe la naturaleza y los sabios también saben que solo así nos mantendremos en equilibrio.

En el campo de experimentación en el que vivimos, debemos movernos a conciencia. Yo soy todo en este teatro, por lo tanto, soy un observador neutro. No estoy por encima ni por debajo de nada. Tal como lo dice el poeta Ensuncho De La Bárcena, en su texto: “Para combatir la pandemia”: Abrir los brazos a la esperanza / agradecer al Sol y a la Luna / porque no se olvidan de salir / -ni de ocultarse-. // Creer en la gran Familia humana / que es una sola. / Comprender que la Tierra / es nuestra Casa. Celebrar en las flores / su infinita inclinación a la Belleza.

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