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Por: Samuel Vásquez – @samuelvasquezrivas

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La final contra Deportes Tolima en 2018-I rompió el candado. Desde ese día Atlético Nacional perdió una de las ventajas que lo llevaron a tantos títulos en los últimos años, incluso cuando las papeletas parecían perdidas, como todos lo recordarán. Los rezos de Rafael Robayo previo al encuentro, combinándose con las silbatinas enardecidas y la tarde-noche grisácea, hicieron, desde la mente más agorera, un cóctel maldito de fracaso continuo en el coloso de la 74. Ese partido, en el cual se venía de Ibagué con la ventaja en el marcador detonó el escollo principal de los más recientes campeonatos en blanco. 

Atlético Nacional, dirigido en aquel entonces por Jorge Almirón, llegó a dicha final con un invicto de 35 partidos en casa. La última derrota había sido ante Santa Fe, en la semifinal de la liga 2016-II, mientras el equipo principal ya estaba en Japón. Si se omite ese partido con la Sub-20, Nacional habría completado 48 partidos sin caer en el Atanasio Girardot. Incluso, para ese 2018-I, los verdes habían sumado 31 puntos de 33 posibles, con 10 victorias y un empate, además de cero goles encajados. En el todos contra todos, fue primero con 41 puntos, de los cuales, 27 fueron de local. 

Ese gol de Danovis Banguero sobre el 92’ acabó con todo. Pero primordialmente, acabó con el fortín infalible que facilitaba la consecución de trofeos, esos mismos que hoy hacen falta en un equipo necesitado. Aun así, hasta que Atlético Nacional no recupere la fortaleza en casa, es improbable que vuelva a ser campeón. Porque aunque las finales se ganen por fuera, como ya lo hizo contra Santa Fe en 2013, Atlético Nacional es de esos que celebran en su propia cancha y con su gente, esa que tampoco volvió a tener la poción mágica para ganar partidos desde la tribuna. 

Para este campeonato, uno de los principales martirios ha sido no sacar ventaja de la localía. De los ocho partidos que Nacional ha sido anfitrión por liga, solo pudo ganar en dos, ante Pereira y Envigado. También tiene dos perdidos y cuatro empatados, sacando 10 puntos de 24 posibles hasta el momento. Incluso, los dirigidos por Juan Carlos Osorio han tenido resultados idénticos, sea con aforo completo o con vallas publicitarias tapando unas butacas vacías; uno ganado, uno perdido y dos empatados. No pudo contra Junior, Cali, América y Medellín, los grandes que ha recibido. 

Esos números de 2020, sin terminar aún, parecen ser los más preocupantes. En 2019-II, de 10 partidos, Nacional ganó cinco; en el cuadrangular sumó cinco unidades de nueve posibles. Con Paulo Autuori, en 2019-I, Nacional hizo 21 de 30, pero en el cuadrangular mostró su parte más floja, perdiendo los tres partidos de local. Con este panorama, el Atanasio Girardot ya no es cuestión de fuerza, tampoco de tranquilidad. Sí de dificultades y tropiezos en los compromisos verdaderamente importantes. 

¿Qué habría ocurrido si Nacional conseguía los puntos de local, como las condiciones históricas los han demostrado? 

Es más. No hay que imaginárselo. En los últimos tres títulos de liga colombiana (2014-I, 2015-II y 2017-I), considerando los partidos de fases finales, Nacional ganó los nueve encuentros que disputó, entre cuartos, semis y final. Además, de esos nueve, cinco sirvieron de remontada, sobre todo, las tres finales que ganó; ante Junior por duplicado y Deportivo Cali. 

Esa es la muestra fehaciente de cuánto servía el Atanasio Girardot como monumento para revertir historias en rojo. Hoy, las remontadas tienen que ser de visita, porque las derrotas comienzan por casa. De visitante también se vale, pero el sabor no es el mismo. 

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