Éste es el puente colgante GOLDEN GATE, aquí en el fascinante SAN FRANCISCO en CALIFORNIA; con una longitud de mil doscientos ochenta metros, soportado por dos torres cada una de doscientos veintisiete metros de altura. Más de seis carriles, además de los de ciclistas y peatones —en uno de los que voy caminando—. Debajo, hasta la superficie del agua, hay sesenta y siete metros; con barcos deslizándose en esta bahía subyugante. A lo largo de este día, pasarán más de cien mil vehículos —y más de dos mil millones de vehículos lo han cruzado desde su apertura—. En todo su tiempo, fue la puerta de escape de muchas vidas a la balada de la muerte; suicidios que impedirá, en adelante, una red protectora recién colocada. El PUENTE GOLDEN GATE ha aparecido en montones de películas; y en casi todas ha sido maginariamente destrozado. Pero no sólo me asombra la imponencia de este puente, la grandeza de esta bahía que parece un lienzo acuarelado en tonos de aguas; y me asombra en este momento especial cruzarme —y no es ficción, al menos para mí— con un puñado de hombres transparentes vestidos como trabajadores —sí, transparentes; menos de 12—, llevan una expresión sin emoción —como de limbo—. Y algo susurra muy dentro de mí, en una confesión secreta que pretende esconderse tímida de lo real avasallador, que estos hombres de ojos tristes fueron quienes fallecieron durante la ejecución de la obra. Me detengo entonces, impulsado por mis fantasías, para llenar mis manos de flores invisibles —inventadas por la magia de la poesía—; seguirlos, y entregárselas como homenaje. Los alcanzo un instante después, entre la gente apresurada que ni mira, y se detienen para recibir cada flor —separándonos un muro de hielo, con el fondo de esta majestuosidad—.
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