Una autoinvitación para leer arqueologías, sobre las ausencias y las presencias que definen el existir. Ciertamente, de todas las maneras, somos la arqueología de la vida. Tantos rastros, donde fuimos; tantas incertidumbres y tantas certidumbres, sobre eso que fuimos. CIUDAD PERDIDA o TEYUNA como otros le decían en esos pasados que no se esfumaron nunca-, fue un antiguo poblado indígena TAYRONA; según datos habilitado en el siglo VII aproximadamente, y abandonado tal vez en los años 1600. FRANKY REY, fue el guaquero que la descubrió hace poco tiempo. Esto es un paraíso encontrado, en las estribaciones del CERRO CORREA; a orillas del RÍO BURITACA: quinientas terrazas de cuarenta y cinco metros de largo por dieciocho metros de ancho, en piedra, con muros de hasta siete metros de altura; más de mil casas, entre senderos pedregosos -algunos en escalera-, que pudieron alojar de cuatro mil a ocho mil personas.
El centro de un complejo de aldeas, saqueadas y destruidas por los conquistadores; un espacio ancestral, al que sólo se llega tras unos cinco días de camino. Apreciar este conjunto, introducirse en él, es aproximarse a un nudo hermoso de misterio y respirar en él una energía singular extrema -colmada de complacencias indefinibles que eleva a las estrellas. Debo decir lo siguiente: mis manos estuvieron en contacto directo con esa energía impregnada en la tierra, en la luz del sol, en la luz de la luna, y en el velo del viento-. Y cuando salí de esa ciudad en nube, aturdido de una alegría que no era alegría, para retornar a SANTA MARTA -la tierra de CARLOS VIVES-, por siete días hubo una imagen anclada a las palmas de mis manos -hasta desaparecer que alguien descifró como un símbolo de la diosa MIRTHAYÚ; la diosa de los TAYRONAS.
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