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Por: Samuel Vásquez – @samuelvasquezrivas
Ese 7 de junio de 2015 fue una auténtica noche de terror en el Atanasio Girardot. Los brujitos caleños, adelantándose a las festividades de octubre, espantaron a más de 40.000 hinchas de Independiente Medellín en una final con un sinsabor irremediable. A esa fiesta de disfraces no faltó el típico ogro molesto, apoderándose del cuerpo de Fernando El Pecoso Castro, quien se metió de más en el personaje y casi hace llorar a Andrés Felipe Roa de tanto gritarle desde la línea. Tampoco se quedó por fuera el amargado de la peluca, Leonel Álvarez, que aunque se vistió de apuesto, no fue ni mucho menos protagonista.
Ese Deportivo Cali estaba lleno de jovencitos inexperimentados. Sus principales figuras, como el regañado Andrés Felipe Roa, Kevin Balanta, Mateo Casierra, Yerson Candelo y Helibelton Palacios no superaban los 22 años de edad. Había algunos mayores, esos que nunca faltan; Andrés Pérez, Cristian Nasuti, Ernersto Hernández y Juan Carlos Guazá. La diferencia era tal, que aquellos veteranos no tuvieron que conseguir disfraz de abuelos para parecerlo. La lentitud y las marcas faciales eran suficientes para darlo a entender.
En Independiente Medellín ya había un elenco un poco más consolidado. Dos cobradores de calidad como Juan Camilo Angulo y Vladimir Marín; otros como Hernán Pertuz, Hernán Hechalar, Juan David Pérez y Brayan Angulo. Esa noche no se metieron en la película y terminaron horrorizados por los más animados de la fiesta nocturna. Ya les había pasado meses atrás, cuando en El Campín perdieron la estrella de 2014-II y todos los demonios empezaron a jugar por los aires.
Cali ganó 1-0 en Palmaseca. Resultado remontable. En Medellín, para la vuelta, el equipo de Leonel se vio intimidado por unos juveniles. El desparpajo y la iniciativa fueron para los verdes, y no verdes por inmaduros. Los primeros 30 minutos parecían decantar claramente el campeón. Pero la presión de la tribuna hizo despertar a los rojos que no sabían, al parecer, el resultado en contra. Despertaron tarde, pues en el 39’, el popular Roa puso el 2-0 global, ya cuando las cargas habían cambiado de bando.
Susto tras susto. En el 48’, Vladimir Marín botó un penal que representaba el descuento para los brujitos poderosos. Ahí todos sintieron el frío de la muerte y el fracaso en segunda ocasión consecutiva. Lo único que animó a los asistentes fue el claro desorden defensivo de los caleños, digno del poco recorrido de sus jugadores. Sin claridad en los pases. Tampoco mucha coherencia para defender. Solo rechazos por el aire y multitudes en el área.
Hubo un susto a favor. Charles Monsalvo descontó en el 69’ y puso a temblar a los que finalmente se llevaron el trofeo. Tal vez ese gol resultó contraproducente para los necesitados. El afán, la presión, los apuros y el desespero se conjugaron de una manera perfecta con la defensa rústica, la energía extra de los más jóvenes y el reloj imparable.
Deportivo Cali terminó colgándose de los palos, mientras Independiente Medellín firmó su segundo subcampeonato sin encontrar por dónde. Finalmente los más niños, algunos con tarjeta de identidad, hicieron realidad el hechizo que el brujo mayor les prometió a principio de semestre.
