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Por Santy Martínez
El fútbol es el fútbol, juego con sentimiento. A veces el balompié vuelve los días comunes, en días de gracia.
El sábado 15, en el Atanasio Girardot, vimos habilidad y soltura en la ejecución de la táctica y la estrategia, tanto en Atlético Nacional como en el Deportivo Cali. Fue el mejor partido de lo que va del año en la Liga Colombiana. Un dos a dos que me permitió agradecer a los jugadores que hicieron parte del espectáculo y, además, hizo posible reafirmarme en la idea de que la metodología de trabajo del señor Don Juan Carlos Osorio debe ser replicada en todo el país.
Nacional es un equipo que somete por su condición físico atlética y termina jugando mejor; pero, frente al Cali, se encontró con un director técnico (el señor Alfredo Arias) que lo limitó de tal manera que no pudo darle la vuelta. El Deportivo Cali superó en posicionamiento y eficiencia al Atlético Nacional, con su juego dinámico, buena distribución de sus hombres en el terreno de juego y, particularmente los dos puntas, que siempre evitaron la salida del verde. Fundamentalmente la de Muñoz. Tanto que la estructura de Nacional se cambió en dos o quizá en tres ocasiones. Nacional no pudo desarrollar su juego, su vorágine ofensiva tuvo toda la dificultad, porque los actores tuvieron que quedarse atrás; le contrarrestaron las virtudes. No pudo crecer como equipo durante el partido.
El Cali atacó. Tapó bandas. Retrocedió. Se hizo fuerte en su tercio inicial; descubrió que a Nacional le cuesta jugar con equilibrio. Y que mientras este siga encontrando rivales que le exijan -apretándolo arriba- le harán variar el principio de que lo cierto del juego es su propia lógica nacionalista. Aunque su técnico sepa que lo cierto del juego es la incertidumbre, el verde no le apuesta a ese principio.
El dos a dos dejó muchas acciones que le cantaron a la belleza y a la diversión. Por ejemplo, en el visitante: el juego de Déiver Caicedo, la exquisitez de Palavecino, la practicidad de Andrés Colorado y un arquero como David González que hizo recordar sus viejos tiempos. Por su parte, en Nacional volvimos a ver los pases filtrados de Jarlan Barrera; el gran despliegue y la certeza al pasar la pelota de Daniel Muñoz; la seriedad y la funcionalidad táctica de Rovira y, por último, pero no menos importante, la fantasía de Andrade ante un pase de Quiñónez -que recibió de espaldas al arco- y con una celosa marca giró haciendo recordar el vuelo de una mariposa. “El rifle” sacó un zapatazo que todavía González no entiende su movimiento al tratar de contenerlo. ¡Fue el golazo del empate!
Los jugadores del Nacional saben a qué juegan. Su mejor actor es Daniel Muñoz. Tiene fuerza. Es decidido. Y es carta para nuestra selección. Ojalá, actuando en tantas posiciones, no pierda la de origen. Da gusto ver en Nacional sus cambios de estructura. Pasar del 4-3-3 al 4-1-4-1 con aciertos en su funcionalidad. Y, a veces, deja solo dos defensas en el fondo. Cosa que con Perea y Braghieri no fue funcional.
Capítulo aparte merece el comportamiento que tuvo el señor Don Juan Carlos Osorio en el desarrollo del partido discutiendo con Juan Camilo Angulo y John Vásquez. Además, en la rueda de prensa, un hombre acostumbrado a resaltar lo positivo en sus rivales, esta vez desconoció los méritos del Cali, inclusive le hizo una crítica.
¿Tanto le dolió al gran entrenador Osorio que un colega lo superase con sus propias armas? ¿Qué lo desesperó tanto en el desarrollo del partido? ¿Por qué habló del tiempo efectivo en Medellín cuando se jugaron 46 minutos 48 segundos, si en el partido en que venció al Bogotá Chicó en condición de visitante se jugaron 43 minutos efectivos? ¿No ha entendido el mejor entrenador que tiene el país que ser mejor es ser gallardo para reconocer méritos ajenos? Bien sabemos que somos rápidos para hablar, lerdos para oír y difíciles para consentir. Pero, para alguien como el profesor Osorio, que conoce el daño que se puede causar al sentimiento ajeno, es mejor callar.
