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Desde que puedo recordar, mi vida ha estado marcada por el fútbol, no pasa un día sin que vea algo relacionado con ese deporte; algún partido viejo, algún partidazo de Europa, los partidos de Nacional, la repetición de cuanto gol se haya marcado, de todo, todo lo que tenga que ver con fútbol, lo disfruto.

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Sin embargo, fue por allá en 2002, cuando un joven brasileño empezó a magnificar esta pasión, con 22 años, estaba marcándole un golazo a Inglaterra, engañando a todos, para meterse en la semifinal de un Mundial que después terminaría ganando, haciendo gambetas y llevando al éxtasis a todos los que  nos pegábamos de la pantalla a verlo jugar.

El que haya visto algo de fútbol seguramente ya sabe de quién hablo, pues una historia como esas es conocida por cualquier futbolero, pero si alguien, por alguna razón extraña, sigue sin saber, les voy a contar quién fue para mí:

Ronaldo de Asís Moreira, conocido por el mundo como Ronaldinho, jugó en muchos equipos, pero yo me voy a centrar en la época en que me enamoró. Se trata de su paso por Barcelona, una etapa de su carrera donde hizo pensar al planeta que iba a ser el mejor de la historia, los rivales lo aplaudían, los compañeros aprovechaban su magia y los espectadores, entre ellos yo, solo pedíamos que los partidos duraran al menos cinco horas

Uno podría intentar describir lo que él hacía en la cancha, pero con seguridad que se quedaría corto, su habilidad con los pies no la ha tenido nadie, su agilidad tanto física como mental para dejar rivales tirados viéndolo pasar no se la he visto a ningún otro jugador, su alegría, su nobleza, su visión de juego, todo, Ronaldinho tuvo todo para ser el mejor de la historia, pero no quiso, si no lo creen, véanlo ustedes:

Por cosas como esas fue que ese mítico 10 del Barça y de la gloriosa selección brasileña del jogo bonito, me enamoró del fútbol, yo quería ser como él, trataba, fracasadamente, de copiar sus movimientos, no hay video de sus jugadas que yo no haya visto, a él le debo que el amor por el fútbol sea tan intenso, porque verlo me enseñó que el fútbol se debe vivir siempre sonriendo. 

Juan Pablo Molina

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