El silencio de la Conmebol no ayuda en lo absoluto y cada día el desgaste es mayor. Se perdió la magia, el encanto, las ganas de verla.

Primero era Asunción; luego apareció Genova en Italia; Medellín entró en la puja y propuso el Atanasio; llegaron los árabes, pusieron a Doha, un dinero importante difícil de rechazar y todo parecía que allí se iba a jugar; Miami abrió sus puertas; Belo Horizonte extendió el brazo y ofreció el Mineirao, y hoy el mundo se despierta con que la final se disputaría en España.

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Lo que iba a ser el partido más importante para el fútbol sudamericano resultó ser un espectáculo mediático, una subasta para el mejor postor, un escándalo que no favorece a la mejora de nuestro fútbol y nuestra sociedad.

El silencio de la Conmebol no ayuda en lo absoluto y cada día el desgaste es mayor. Se perdió la magia, el encanto, las ganas de verla; pero estamos ante una oportunidad tan grande como latinos que no podemos desaprovecharla, porque a nosotros nada nos queda grande.

Boca y River son los clubes con mayor importancia de la cultura latina y que disputen la final más importante de nuestra copa fuera del continente sería un peor golpe a que no la jueguen. Y usted podrá estar pensando que esto solo afecta a Argentina, pero no es así, en Colombia, Brasil, Uruguay, Chile o en cualquier país suramericano esto pasaría si sus dos máximos equipos llegaran a esta instancia definitiva. El que está quedando mal no es el fútbol argentino, es el fútbol latinoamericano.

El mundo futbolístico puso sus ojos por un momento en nuestro fútbol, porque no nos engañemos, lo que se ve en las canchas de nuestro continente no es muy atractivo: es más garra, más lucha, más huevo que talento, y eso no es lo que vende. La gente del común estaba atenta al partido más por las peleas que podrían suceder que por los goles fantásticos a imaginarse.

Lo mejor que podría pasarnos con este partido es jugar en el mismo país y en la misma cancha donde estaba programado, y así demostrarle al mundo la capacidad que tenemos de sobreponernos ante las dificultades: somos más los que defendemos la pelota que los que manchan.

Por: Pablo Posada

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