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Muchos, por no decir todos, nos preguntamos por qué Gustavo Cuéllar tomó la decisión que tomó. ¿Por qué prefirió el dinero a la gloria futbolística? . ¿Por qué si estaba a cuatro partidos de ser campeón de América, prefirió ir a enseñarles a jugar los árabes? ¿Por qué, Gustavo? ¿Por qué?

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Pero no seamos hipócritas. La mayoría de los colombianos, a excepción de unas muy pocas personas, hubiéramos hecho lo mismo. Nosotros no estamos educados para vivir por lo que nos gusta, estamos adoctrinados para buscar mejores oportunidades económicas.

Sería muy fácil señalar a Cuéllar de «bruto», «avaricioso», «un mercenario del fútbol», sin embargo, sería difícil ponernos en los zapatos de él y decirle ‘No’ a la cantidad de dinero que le debieron haber ofrecido.

La mentalidad de nuestros futbolistas refleja lo que somos como «sociedad». Desde muy pequeños nuestro sueño es sacar nuestras familias adelante. Los niños que entran al fútbol tienen la ilusión de ganar mucho dinero para hacerle una casa a su mamá. Los papás sacan de la escuela a sus hijos para que se dedique al fútbol y los saquen de pobres.

Entonces, ¿qué les estamos reclamando a los jugadores que se van corriendo por un contrato multimillonario a un fútbol inexistente?, si nunca los criamos para que fueran por la gloria deportiva, si nunca les inculcamos el sentido de pertencia por nuestros clubes, si nunca les dijimos sean felices sin importar el dinero.

Aquí la mayoría de los sueños es salir adelante, progresar, comprar una casa, tener más plata cada día. Son pocos lo que llegan a una escuela de fútbol a decir quiero ser jugador porque es lo que me gusta, porque quiero ser campeón del mundo con Colombia, porque simplemente quiero jugar fútbol. No miramos el fútbol como el deporte más lindo del mundo, lo miramos como la opción más fácil para salir de pobres.

Como se dijo antes, juzgar a Cuéllar es fácil, pero él es solo un colombiano más que aplica lo que aprendió desde pequeño. Las decisiones de nuestros jugadores representan perfectamente los ideales de nuestra pobre educación.

Pablo Posada.

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