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Por: Pablo Posada

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√Črase una vez en 2016, un equipo colombiano, de camisetas rayas verdes y blancas, que logr√≥ dominar el f√ļtbol sudamericano. A cualquier estadio que iba pon√≠a sus condiciones. Desnudaba al conjunto local entre toque y toque de pelota. Los brasileros, argentinos y uruguayos no pod√≠an creer que alguien de Colombia pudiera jugar de esa manera y emputados les tocaba aguantarse las ganas de aplaudirlos.

Un se√Īor carism√°tico, con cara de abuelo querido, de ojeras notables y sonrisa c√°lida, era el director de aquel equipo que entr√≥ gloriosamente al olimpo libertador de Am√©rica. Su nombre era Reinaldo, pero lo llamaban Rey. Su f√ļtbol encantaba a propios y extra√Īos. Los rivales reconoc√≠an el poder√≠o del equipo del Rey. Dentro del campo intentaban todo lo posible por derrocarlo, pero nunca pudieron lograrlo.

Un d√≠a, cansados de ver ganar al equipo del Rey en Colombia, los se√Īores oligarcas, de barrigas gigantes, barbas largas y desordenadas, dientes amarillos y aliento putrefacto, que eran los encargados de tomar las decisiones en el pobre f√ļtbol del pa√≠s, aprovecharon que los del Rey ten√≠an que jugar al otro lado del mundo para poder vencerlo.

A los impresentables se√Īores del dinero sucio les import√≥ poco que el equipo del Rey fuera a ser el primer colombiano en jugar un Mundial de Clubes. En sus manos estaba poder aplazar el campeonato local, sin embargo, obligaron al equipo del Rey a jugar con los ni√Īos que apenas se estaban formando para ser profesionales.

A ese equipo indefenso le mandaron a una manada de leones r√ļsticos, de piernas fuertes y f√ļtbol sucio, que era comandada por un uruguayo sin pudor, sin gusto ni amor por la pelota. Los pobres ni√Īos salieron a la cancha con la valent√≠a de un soldado de un ej√©rcito que nunca vencer√°: a los 15 minutos ya hab√≠an recibido cinco planchas a los tobillos, tres codazos en la cara y dos goles en contra.

Cada vez que los novatos del Rey intentaban hacer una combinación entre ellos, eran masacrados con la pierna fuerte del rival y el silencio atroz de un árbitro que tenía órdenes directas de no dejar que nada extraordinario ocurriera y efectivamente eso fue lo que pasó.

Los leones de doctrinas uruguayas se llevaron la victoria. Cuatro goles, tres ojos morados, dos costillas, una tibia y una rodilla fueron el manjar que se disfrutaron en la casa del Rey, mientras este no estaba. El plan de los impresentables había salido a la perfección.

A lo lejos, muy a lo lejos, el Rey vio la masacre que le propiciaron a sus pupilos. Fue la primera vez que se le vio enojado. Las ojeras no eran notables de lo rojo que se hab√≠a puesto. La sonrisa hab√≠a desaparecido y en su lugar hab√≠a un ce√Īo fruncido y unos dientes presionando los labios. Al Rey y a su equipo los hab√≠an humillado con poco honor.

1 Comentario

  1. Eso no fue nada con lo que le paso al atlético nacional en 1990 cuando a toda costa la Conmebol quería que su equipo del alma el Olimpia del Paraguay ganara la copa y suspendio al nacional a jugar en su territorio por una supuesta compra de árbitros despues de que el mismo equipo ganara la libertadores en el 1989 y lo hizo jugar en chile de local y la vuelta en Asunción.

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