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Santy Martínez

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La gran riqueza de nuestros pueblos está en el talento. ¡Sí!, pero al talento hay que saberlo gestionar. Por eso José Fernando Santa, un chico pereirano que se paseó en un campeonato juvenil desparramando capacidad, fue traído a la capital de la montaña por Atlético Nacional.

Cuando llegó al Verde era volante creativo. ¡Al talento lo delata el deseo de aprender!

Un día Nelson Gallego, después de verlo en varios entrenamientos con el equipo al que llamé Satélite, donde estaban Jorge Carmona (QEPD), Gustavo “Misil” Restrepo, William Muñoz, Víctor Marulanda y “Canino” Caicedo, entre otros, le puso la mano en el hombro y le dijo que apreciara bien la cancha. “Te das cuenta que en el centro hay poca grama por tantas pisadas: allí transita mucha gente. Y si miras las áreas también se ve el trajín. En cambio, por los laterales la grama parece que no la pisaran. Observando tus condiciones estoy seguro que te irá mejor como lateral derecho”.

Lo que Nelson no le hizo notorio a José Fernando fue que en el puesto que él jugaba estaban “El Maestro” Alexis García, “Bendito” Fajardo, “Jimmy” Arango y “Didi” Alex Valderrama.

Santa, José Fernando, porque el Santa popular hasta ese entonces era su tío Gustavo, tercer goleador histórico de Nacional, se hizo muy amigo de Faustino “El Mágico” Asprilla: era una buena combinación. El pereirano callado, introvertido, con gusto por el gimnasio, era muy profesional. Se quedaba después de los entrenamientos trabajando la parte física. Santa era el polo a tierra de “El Mágico”, quien jugó algunos partidos con el Satélite Verde. Yo, que no me perdía trabajos de Nacional, pude darme cuenta que a José Fernando le gustaba la táctica.

Por ser rápido y explosivo, Gallego le ayudó a tener conciencia de su inteligencia para ejecutar buenas decisiones, perfeccionó el centro y, como era inquieto por crear, inventaba cerca del área. Se hizo de un volante creativo, que estaba tapado, a un gran lateral derecho.

Bien decía mi abuela que con quien lobos anda, a aullar se enseña. Y nos quería decir que había que tener cuidado al escoger los amigos para aprender de ellos.

Y José Fernando escogió muy buenos amigos. Su seriedad y disciplina lo llevaron rápidamente a la formación titular. Debutó en el 88 como profesional, después de pasar por la Selección Juvenil de Colombia dirigida por Juan José Peláez. Fue campeón tres veces con Atlético Nacional. Se retiró en el año 2000 vestido con los colores de su equipo del alma: verde y blanco. Estuvo en dos ediciones de la Copa América, en el año 95 quedó tercero en Uruguay, mientras que, en el año 97 en Bolivia, eliminado en cuartos. Dio cinco vueltas olímpicas en eventos internacionales con Nacional.

El talento de José Fernando siempre estuvo en entornos creativos y era un hombre que se sumaba fácil a otros. Con José Fernando Santa aprendí, al verlo trabajar, que los jugadores de fútbol para ser laterales deben tener como condición una reacción intuitiva cuando pierden la pelota. Después lo confirmé con “Zaramulla” Zúñiga, quien defendía la pelota a muerte como volante y se oscurecía al llegar al área contraria. Cuando Nelson Gallego también lo hizo lateral derecho, le quedaba la cancha de frente, y con su cambio de ritmo y habilidad se consolidó en la misma posición de José Fernando. Santa era más explosivo, de fuerte pegada, se levantaba bien pero no cabeceaba bien. Siempre transmitió vitalidad. Santa se tituló en la Asociación de Fútbol Argentino –AFA- como director técnico y dirigió al Club Atlético Nacional, Atlético Huila, Real Cartagena, Deportivo Pereira y Deportivo Pasto.

En el círculo de amigos le dicen “Pechón” por el cultivo de su cuerpo. Lo veíamos en la raya con una energía que jamás imaginé que nos sorprendería con un cáncer de orofaringe. Cuando recibí la noticia lo primero que hice fue preguntar sorprendido: “¿me estás hablando de Santa el que representó a Colombia en el mundial de Francia? “El mismo”, me respondió mi interlocutor. Se me aguaron los ojos y en la noche le pregunté al médico Oswaldo Restrepo sobre la orofaringe y me explicó: “cuando se abre la boca bien grande, bien grande, para que el médico vea las amígdalas, ahí y cinco centímetros por debajo esa es la orofaringe”. Después me enteré que oro significa boca y que la orofarinfe es el tubo de transición entre la boca y el esófago.

El 7 de mayo, bien temprano, celebré como cuando convierto un gol en el Mangaretazo. “El Bendito” Fajardo me hizo saber que las pruebas diagnósticas practicadas a José habían salido muy bien. ¡Esta batalla se ganó!, dije.

Llamé a algunos amigos vía Zoom, les pedí que nos tomáramos de las manos simbólicamente y nos abrazáramos, con misericordia, para darle gracias a la vida y al Señor de Señores.

¡Quiero verte dirigiendo otra vez!

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