Este texto no necesariamente compromete ni representa la posición del medio de comunicación. Las ideas representadas en él son responsabilidad del autor

Marcelo Vargas Echeverri – @chemo.ve

Publicidad

El patriotismo es algo que se ve solo cuando la Selección de fútbol juega, varios periodistas lo dicen en los medios y desde mi punto de vista es cierto. Hablemos en términos futboleros: tuve primero la camiseta con la que España ganó el Mundial, antes de comprar una propia de Colombia; luego la conseguí y me gustó, ahora no lo hace tanto, pero eso es otra historia.

Antes de conseguir la camiseta de la tricolor, decidí comprar dos más: una réplica de la que Maradona usó en el 86 y otra de Boca juniors. Este tipo de camisetas las uso en esos días donde no quiero hacer nada más que estar conmigo, porque normalmente se está rodeado de personas, cosas, ideas y lo mejor para sentirse alguien terrenal es usar una camiseta de fútbol – y eso que Maradona todavía las usa.

El día es muy común, de esos que son cercanos a otros días con importancia, pero que no tienen mucho valor individual por sí mismos. Un sol que no te deja ver bien, que te pega en la cara de carambola con el asfalto. Me encuentro en la decisión de si hacer ejercicio y sentirme bien, o dormirme un rato, no sentir nada. La decisión se toma sola y a falta de ropa deportiva limpia opté por una camiseta albiceleste. Con el 10 atrás, manchada de grasa, y que poco me horma al ser de corte ochentero .

Pocas cosas me incomodan como los ascensores repletos de gente. Aprendí a sobrellevar las charlas banales o hablando para provocar la muerte prematura de la conversación o haciéndome el gringo. La segunda funciona bien en este tipo de días donde las palabras son pesadas y cuesta pronunciarlas. Funciona más si tienes el pelo mono y cara de que no entiendes. No quiero que nadie me moleste y nadie lo hace desde que salí de mi casa hasta que terminé de entrenar en el gimnasio.

Esos días tan cualquiera donde solo tienen valor días próximos o pasados.

La inauguración del Mundial de Fútbol se anuncia por las pantallas del gimnasio, el sol pega afuera. Yo troto en una banda hacia ningún lado. Presentadores argentinos analizan las posibilidades de su selección. No los escucho por tener los audífonos a todo volumen pero me siento un bonaerense más, o por lo menos un tucumano. Entreno dos horas, sudo hasta que la camiseta es una con mi piel, no me seco el sudor y me voy con una mirada de pocos amigos.

Entonces, al salir, un hombre calvo y narizón me mira directo a los ojos, me habla y mueve las manos, no oigo nada. Veo que al lado de él hay un tipo de mi edad, también hablándome, dibujando algo en su pecho. Me quito un audífono, pude entender. –Estamos en todos lados–, me dice el calvo con ese acento que usan los escritores que me gustan, –Siempre–, respondo cortante ocultando mi colombianidad. Entonces el mismo hombre calvo me dice –Vení, dejáme darle un beso. No entiendo a qué se refiere hasta que noté como agarraba la camiseta sudorosa y manchada de grasa, la acercaba a su boca, se inclinaba y la besaba con fervor.

Recuerdo que en el 86 un hombre usó una camiseta similar. Se sacó a todos los defensores de la selección inglesa, al arquero, y les anotó dejándolos en ridículo. Luego les anota un gol con la mano, vengando poéticamente a los muertos de la Guerra de las Malvinas. Recuerdo eso como si fuera mi patria, pero no recuerdo si el día de la independencia colombiana es el 20 de Julio o el 7 de Agosto.

–Che, ojalá quisiéramos tanto a Colombia como lo hace este calvo con Maradona, o Argentina, qué son casi la misma cosa.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here